Tecnicas Quirurgicas Protesis Cadera y Rodilla Dr. Manuel Villanueva General

Testimonio Prótesis Rodilla: ‘Recambio en un Tiempo de Infección de Prótesis de Rodilla’

Autora : Marina González García

En la primera visita nos atendió con un cariño y una profesionalidad, una seguridad en lo que decía, que nos hizo confiar plenamente en su criterio.

En marzo de 2013 mi madre, con 76 años, se sometió a una artroplastia total en la rodilla derecha. Tanto ella como su traumatólogo tenían grandes expectativas respecto a la mejoría que representaría esta intervención en su calidad de vida. Hasta ese momento ella era una persona muy activa, deportista e inquieta, sólo levemente limitada por el dolor que intermitentemente aparecía en su rodilla derecha. Contrariamente a las esperanzas depositadas en esta operación, mi madre ha lamentado mucho la decisión de someterse a ella, no porque la intervención en sí misma resultara defectuosa en ningún sentido sino porque desarrolló un síndrome de dolor regional complejo como respuesta a la intervención. Este síndrome fue diagnosticado a los nueve meses de la intervención gracias al Dr. Villanueva que fue quien nos ayudó a esclarecer una situación que se había vuelto desesperada y desesperante por el constante e intenso dolor que mi madre padeció desde el primer momento una vez realizada la intervención. Acudí al Dr. Villanueva porque nadie en nuestra ciudad nos daba solución alguna y yo sabía que el dolor debía tener alguna explicación que aún no había sido propuesta. Fue una gran suerte el hecho de encontrarle, concretamente le conocí por sus publicaciones, pues me dediqué a buscar algún especialista acreditado en el problema de las prótesis de rodilla dolorosas. Pero hasta ese momento el sufrimiento fue insoportable. A los tres meses de la artroplastia, y ante un dolor que no remitía, le practicaron a mi madre una artroscopia de rodilla, que no hizo sino agravar la situación. Se llegó a sugerir que el dolor que padecía tenía una etiología psicológica y que no respondía a ninguna dolencia física, puesto que las pruebas realizadas eran negativas (gammagrafías, cultivos, radiografías, etc.). Aumentaron el tratamiento analgésico y como no mejoraba dijeron que no se podía hacer otra cosa más que sustituir la prótesis de la rodilla, a pesar de que estaba correctamente colocada y no daba signos de movilización, aflojamiento tibial, infección u otra de las causas comunes de prótesis dolorosa. Gracias al Dr. Villanueva pudimos evitar la sustitución de la prótesis, que hubiera sido nefasta, puesto que para un síndrome doloroso como el que ya se había manifestado lo peor que se puede hacer es plantear una nueva intervención de las características de la artroplastia de rodilla.

El síndrome de dolor regional es sorprendentemente poco conocido entre los traumatólogos (y otros especialistas), a pesar de ser un concepto patológico de larga data, que ha recibido nombres diversos (Síndrome de Sudeck, algodistrofia, causalgia). Quizá porque sus síntomas suelen figurar como muy floridos en la literatura médica pasan desapercibidas otras formas más leves, tal como el Dr. Villanueva nos hizo comprender. Esta circunstancia da lugar a una demora en el diagnóstico que empeora el pronóstico del paciente, puesto que el cuadro se va haciendo más resistente al tratamiento de elección y alcanza una cronicidad que requiere muchos cuidados y vigilancia constante para no resultar incapacitante.

El Síndrome de dolor regional complejo tiene actualmente reconocidas dos modalidades, que responden al nombre de Tipo I y Tipo II. El primer tipo no tiene una causa directa, (no responde a una lesión nerviosa como es el caso del tipo II) sino que responde a ciertas condiciones predisponentes, entre las que se cuentan un determinado perfil psicológico del paciente, generalmente ansioso y más reactivo ante el dolor y la estenosis del canal lumbar. Mi madre padece una estenosis del canal lumbar a la altura de las vértebras L4 y L5. Aunque esta condición estaba diagnosticada antes de realizarse la artroplastia de rodilla, en ningún momento se estimó que pudiera interferir en modo alguno con el buen resultado de la operación. Considerado este detalle retrospectivamente, nos damos cuenta de la importancia que puede tener valorar el estado del paciente respecto a ciertas condiciones previas antes de practicarle una artroplastia.

El tratamiento que ha seguido mi madre para abordar el Síndrome de dolor regional ha sido varias series de bloqueos epidurales practicados en la Unidad del Dolor junto a un tratamiento farmacológico específico para el dolor neuropático, que no responde a los analgésicos y antiinflamatorios convencionales. El tratamiento fue efectivo desde los primeros bloqueos, puesto que el dolor se redujo a la mitad. El hecho de que hubiera esta respuesta positiva a los bloqueos confirmaba la presencia del Síndrome de dolor regional, que no puede ser diagnosticado fácilmente con ninguna prueba concreta. Los síntomas que mi madre venía padeciendo, además de un dolor quemante y punzante, eran hinchazón del pie, tobillo y pantorrilla, piel tensa, lisa y brillante en la pierna afectada, un pequeño eritema salpicando la piel aquí y allá que aparecía y desaparecía, intolerancia al calor y dolor excesivo al tacto en la piel (alodinia) y otras sensaciones dolorosas que parecían alucinatorias (ella describe que siente una “chapa” apretándole el tobillo, que cambia de posición y que molesta mucho). Todo esto apareció tardíamente, a excepción del dolor intenso que fue el único síntoma durante varios meses. Puesto que el estado de la piel empeora bastante con este síndrome nos encontramos con otras complicaciones que hubo que atender con urgencia, por ejemplo, una erisipela causada porque el edema que provoca el síndrome llegó a rasgar la piel y a supurar líquido de modo que la bacteria que causa esta infección encuentra vía libre para penetrar rápidamente. También padeció una úlcera en la pierna, a partir de una pequeña herida que no hubiera tenido importancia si no fuera por el estado tan precario de la piel y de la vascularización que se vuelve insuficiente a causa del síndrome de dolor regional.

Después de muchos meses con el tratamiento y de perseguir la confirmación del síndrome con otros especialistas (neurólogos, reumatólogos, incluso cardiólogos y neumólogos) para descartar siempre otras causas del edema, el síndrome pudo controlarse, la movilidad de mi madre mejoró mucho, el dolor también remitió bastante pero siempre manteniendo el tratamiento farmacológico. Pero por desgracia, en octubre del año pasado mi madre se cayó de una escalera se fracturó el fémur y la cadera en la misma pierna donde tenía la prótesis de rodilla. Hubo que operarla de urgencia para introducir un clavo que sujeta las dos fracturas. La prótesis afortunadamente no se desplazó, pero nos cabía esperar lo peor respecto al dolor y la recuperación posterior, dado que estábamos ante una nueva agresión en un miembro afectado por Síndrome de dolor regional. Recuerdo que en el preoperatorio insistí en el hospital en que no se le retirara el tratamiento que seguía para dicho síndrome, pero le fue retirado como parte del protocolo previo a la operación. Esto nos hizo pasar una noche espantosa previa a la operación para las fracturas, pues tuvo un ataque de dolor que no remitía de ningún modo y que requirió administrarle morfina durante la madrugada previa a la operación.

La convalecencia le hizo pasar un mes y medio en cama, con una bomba de anestesia añadida a su tratamiento habitual para el síndrome de dolor, de modo que no tuvo la recuperación que suele tener lugar tras la fractura de fémur y cadera debido a las complicaciones dolorosas de un síndrome que ahora había empeorado. De hecho, los cambios tróficos de la piel han afectado a las dos piernas que padecen ambas edema de cuando en cuando. El estado de la piel le provocó otra úlcera el verano pasado que le ha dejado una cicatriz impresionante, pero que por fortuna pudo cerrarse sin llegar a infectarse. A los dos meses de la operación necesitó nuevas series de bloqueos epidurales en la Unidad del dolor, pero desde el mes de mayo pasado no ha necesitado más bloqueos, o digamos que ha sobrellevado el dolor con su tratamiento farmacológico. Esto puede ser interpretado como una mejoría, pues aunque haya dolor cada día, sólo quien ha experimentado o ha sido testigo del dolor que causa este síndrome puede hacerse a la idea de lo que es una mejoría o un empeoramiento.

El estado actual de mi madre es más bueno del que cabía esperar tras el accidente. Aunque el síndrome doloroso tiene retrocesos, pasa temporadas con las piernas con buen aspecto y sin edema. Creo que a ello contribuye el uso de unas medias de compresión con cremallera que puede ponerse cómodamente y que no sólo controlan el edema sino que también protegen la piel de posibles heridas que serían úlceras. Puede caminar por casa sin ayuda, aunque el dolor le hace tener que sentarse de cuando en cuando. En la calle puede caminar con andador largos trechos, haciendo descansos, y a veces usando sólo una muleta. Ha podido reducir un poco el tratamiento farmacológico y durante la noche duerme sin dolor ninguno, lo cual es ya todo un éxito dada la situación.

Con este relato quisiera poder ayudar a quien padezca este síndrome o tenga sospechas de que puede padecerlo sin haber sido diagnosticado. Puede no ser tan terrible como se describe en los textos y aun así requiere atención constante, ejercicio moderado, higiene cuidadosa de la piel y una resistencia psicológica a prueba de bombas. Se debe tener esperanza siempre en mejorar pero hay que ser consciente de los esfuerzos, disciplina y cuidados que exige.

Después de lo vivido con mi madre, me siento en la obligación de reflexionar en voz alta y decir que la mejor solución para una rótula desgastada no es siempre una artroplastia, a pesar de la popularidad, la oferta y la demanda de esta intervención en los últimos años. No se pueden negar los éxitos, que son muchos, pero a mi alrededor observo un panorama penoso en muchas ocasiones, que me temo que no es reflejado en las estadísticas sencillamente porque los casos más dolorosos son a menudo abandonados o atribuidos a causas ocultas ajenas a la propia intervención. Las propuestas del Dr. Villanueva respecto a intervenciones quirúrgicas menos agresivas son de una importancia y una necesidad que no debemos cansarnos de defender allí donde tengamos la ocasión de hacerlo.

Quiero agradecer de nuevo el buen hacer y el carácter extraordinario del doctor Villanueva, de quien he obtenido la ayuda y el afecto puntuales en cada momento en que le he consultado.

Por último, quiero pedir a esta comunidad de pacientes y familiares de los mismos que no abandonen la esperanza nunca, que no abandonen a una persona que padece dolor tras una intervención aunque no les ofrezcan soluciones y que busquen incansablemente otros caminos y a los mejores especialistas que puedan aportar algo nuevo, como es el caso afortunadamente de nuestro querido doctor Villanueva. La recompensa que significa aliviar a una persona que sufre tiene un valor incalculable.

 

Rosa

 

 

 

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